2/11/11

Realidade Cero con Carlos Regalado

Pensamientos de un adolescente en apuros

Tengo catorce años, y sí, estoy cansado de vivir. Tan joven y tan viejo. Cansado y perdido. Sólo, y a la vez rodeado de gente.
Estaré enfermo, o será algo por lo que pasa todo el mundo cuando se hace “mayor”. En realidad creo que todo el mundo siente lo que yo siento, pero se han cansado de sufrir. Yo no, yo soy un héroe, y les voy a enseñar a todos la gravedad de su ceguera. Porque todo ciego es cómplice, responsable a su modo de la barbarie llamada humanidad.
Últimamente siempre que enciendo la tele, me encuentro con sucesos que siento como míos; guerras, suicidios, diferencias insalvables. No se si es una ilusión propia de mi edad, pero creo que si todos fueran como yo, el mundo sería un sitio mejor en el que vivir.
Deben de ser las nueve de la mañana, los rayos del sol entran por los agujeritos de la persiana que siempre dejo un poco abierta. Me gusta esa sensación de la luz de la mañana entrando por la ventana, me ayuda a despertarme con buen humor. Siempre me quedo un rato tumbado después de que suene el despertador.
Fuera ya se escuchan ruidos, mi madre debe de estar limpiando, como cada día, como todos los días, la casa. Le encanta tenerla limpia, excesivamente limpia, para mi opinión. Desde que ella y mi padre no se hablan, utiliza la limpieza como modo de evasión. Cuando no está en el trabajo, limpia en casa, o se entretiene con esos programas de cotilleos. Mi padre utiliza los juegos de cartas del ordenador.
A mi para evadirme me gusta fumar porros, y estar con los colegas, con ellos me siento bien. Eso y masturbarme. Cada vez que me inunda la angustia, me hago una paja. Me encanta leer esas historias que traen las revistas porno, pero no me gustan las que hablan de una lascivia incontenida, más o menos como la que se ve en las películas, sino que me gustan los relatos en los que me puedo imaginar que soy yo al que le pasa tal o cual peripecia, como en una que leí el otro día en la que un chaval se lo montaba con su tía, entradita en carnes. Era su tía la que se metía en su cama todas las noches cuando su tío dormía. Eso me pone a cien.


Me levanto, voy directo al baño, y la primera meada que echo es enormemente placentera. Me lavo la cara con abundante agua, me paso unos cinco minutos mojándome, junto las palmas de las manos, las pongo debajo del chorro, que vierte agua lentamente, y cuando están completamente llenas, me la echo por la cara; es un pequeño placer que me encanta experimentar. Nunca me peino, lo que hago es remover el poco pelo que tengo con las manos hasta que consigo que no parezca que me acabo de levantar.

Si tengo suerte, y no he cometido ningún descuido accidental que transgreda las exigentes reglas impuestas por mi madre para con el glorioso orden de la casa, tendré un desayuno en paz. Podré calentar la leche con colacao en el microondas sin ser obligado a aguantar toda una retahíla de reproches que penden en la delgada linea entre lo insidioso y lo justo. Sí, parece que esta vez estoy de suerte, mi madre me ha visto, y me ha dado los buenos días con una sonrisa en la boca, semeja que está contenta, “!bien¡” pienso para mis adentros, y le devuelvo la sonrisa que mejor me sale en estas circunstancias (suelo levantarme con buen humor, pero con pocas ganas de relacionarme con nadie).

Os preguntareis el por qué de mi apatía para con la vida, para con los vivos, si es que realmente están vivos, si es que realmente estáis vivos. Dudo que realmente estemos aprovechando la vida como se merece. Dudo que en verdad seamos la esencia que nuestra individualidad nos impone, con gran benevolencia. Somos pequeños dictadores para con nuestra existencia, sensible y delicada como una gota de rocío. Porque en el fondo todos buscamos vivir desde nuestro ego, ese personajillo diminuto, que lo abarca todo (lo que puede), pero no se realiza en nada.
Por eso me hundo en las drogas, y por eso me gustan mis amigos, porque ellos sienten lo mismo que yo, aunque no lo expresen. Porque ellos se dan cuenta de la ausencia de futuro, y de presente, que inunda nuestras vidas, y las de nuestros padres, y así sucesivamente, hasta llegar a lo más alto de la pirámide, que es el estado, y la civilización actual.
A veces deseo que halla una hecatombe que haga sucumbir los cimientos de la vida tal y como la conocemos, y que solo quede eso, un presente limpio de impurezas, o de impurezas que se sepan tales, que no se crean la punta de la evolución por el simple hecho de creérselo, cegadas por el brillo de lo artificial. Pero nada de esto pasará. Todo seguirá igual. Un presente negro, sin valor real, todo corrompido por la necesidad muerta.
Solo nos queda la libertad individual, y empiezo a darme cuenta de que es lo único que determina la belleza o no de nuestro tránsito vital. No podemos vivir a expensas de una colectividad defraudadora que nos catapulta hacia el autoengaño... continuará