5/2/12

Realidade Cero con Carlos Carnicero


Fraga en la memoria (¿histórica?)

El juicio sobre Manuel Fraga Iribarne está condicionado por la apuesta personal de cada uno sobre la Transición.  El cedazo para tratar a quienes colaboraron con el franquismo y se incorporaron a la democracia es de agujeros móviles en funciones de convenciones que establece, en ocasiones, que unos franquistas originarios sean respetables y otros no. Ahí tenemos a el Rey de España que fue designado directamente por el dictador y que ahora es respetado por la inmensa mayoría e los españoles.
El último falangista que se murió a tiempo fue José Antonio Samaranch. Nadie le reprochó en vida su uniforme y su pasado de jefe del Movimiento. Su poder eclipsó las fotografías de media vida en chaqueta blanca, camisa azul y boina roja. Tal vez porque el poder olímpico es un poder tan importante que traspasa los filtros de la memoria hasta fundirse para diluirse en héroe de Cataluña con funeral casi de estado. Incluido el poder nacionalista que le perdonó
A Manuel Fraga Iribarne le ha sorprendido la muerte cuando las redacciones estaban cerrando. Sus obituarios, como es preceptivo en todo periódico que se precie, estaban acompasados a la evolución de su enfermedad. Pero no había consenso en la orientación de cómo debía ser presentado para las primeras crónicas, porque hay dos generaciones en el puesto del mando de las redacciones. Los veteranos vivieron la transición y la “ruptura democrática pactada”. Los jóvenes quieres ser antifranquistas retroactivos, que es una causa sin riesgo que gratifica mediante la entonación de un heroísmo imposible. Cuando fue compilido luchar contra Franco es cuando estaba vivo. Ahora es una batallita de hazañas bélicas.
Aunque haya quien no quiera, Manuel Fraga es un padre de la Constitución. Y uno de los líderes políticos que pilotó este barco llamado España desde la dictadura a la democracia. Con su autoritarismo genético y su Estado en la cabeza; con sus ironías y sus desplantes. Con su talento dialectito y su imposibilidad de callarse nada cuando todo podía ser dicho, es decir, cuando se acabó la dictadura a la que con tanto pasión y durante tantos años sirvió.
Adecuar la “Memoria Histórica” a Manuel Fraga Iribarne promueve desencuentros insuperables. Santiago Carrillo, después de la legalización del Partido Comunista de España, lo trató con la misma consideración que lo hizo Fraga con él. La presentación de Carrillo en la sociedad política del momento la hizo Manuel Fraga en el Club Siglo XXI. Y ese dueto ha sonado a menudo en los últimos treinta años. Eran los dos polos de odios cruzados entre los que consideran a Carrillo responsable de los asesinatos de Paracuellos  y los que no le perdonan a Fraga haber sido ministro del dictador en la época en la que se firmaban sentencias de muerte.
Hacer una síntesis sin ofender a nadie es tarea imposible. Porque en esencia la Historia es una y la memoria es  personal, incluso la “Memoria Histórica” en contra de los designios de José Luis Rodríguez Zapatero en su entusiasmo por empezar las cosas y no terminarlas nunca.
Es cierto que Manuel Fraga llevaba el demonio autoritario de la “calle es mía”, de la responsabilidad directa, nunca ejercida, de los asesinatos de Montejurra diseñados desde su ministerio de la Gobernación. Los obreros muertos en Vitoria y tantas actuaciones de orden público fuera de la lógica democrática forman parte de su biografía.
Pero Fraga es, además, ponente constitucional. Probablemente sin Fraga no se hubiera podido desmontar el franquismo político organizado porque su presencia en el parlamento era un disolvente de la extrema derecha. Aquella primera Alianza Popular de los “siete magníficos” cuyo póster electoral parecía un reclamo del museo de los horrores fue un cortafuegos para que el Movimiento Nacional se metiera en la Carrera de los Jerónimos.
Él designó personalmente a José María Aznar presidente del PP. El agradecimiento de aquel joven Aznar hacia su mentor era tan grande que entregó una carta de dimisión firmada sin fecha que con gran energía despedazo quien todavía era presidente del Partido Popular delante de su protector. Fue una historia entre antiguos -y no tan antiguos- falangistas.
Tenía “don Manuel” –que era como le llamaban quienes le consentían todo- una última palabra sin réplica posible, porque no estaba dispuesto a conceder a nadie razón distinta de la suya. Ahora, probablemente, toca darle leña al difunto. Es este sustancialmente un país donde los cobardes se toman la revancha con los muertos a quienes no se atrevieron a chistar en vida.
Manuel Fraga forma parte de la historia de la transición, que es esencia desde donde se ha construido el  futuro. Como ahora no es fácil tener una causa por la que luchar, destrozar la transición y arremeter contra los muertos, es un deporte  sin riesgo con muchos practicantes de los previstos. Es esta una democracia que tiene pocos que la defiendan en proyectos de futuro; en cambio proliferan los voluntarios de un antifranquismo imposible porque ya no existe.
Los que denuestan a Fraga por franquista tienen un serio problema. Arbitrar un filtro de la memoria para las excepciones tolerables en quienes tienen sus raíces histórica en el franquismo. ¿Cómo repudiar a Fraga y admitir al Rey.
Los dos juraron los principios del Movimiento y los dos apuntalaron durante tiempo la dictadura; además, el Rey, lo fue en origen porque Franco lo designo.
La Constitución ampara a Fraga y al Rey. El primero la redacto; el segundo la promulgó y además consiguió legitimarse como jefe del Estado.
En Los últimos tiempos la salud de Fraga le obligaba a navegar con golpes de caderas a babor y a estribor. Su voz potente se hizo un susurro, pero siempre incontestable. La muerte de Manuel Fraga ha cumplido un último servicio al país –España- en el que para mal, y también para bien, consumió su vida. Descanse para siempre y que su memoria encuentre paz entre quienes lo respetaban y entre quienes lo denostaban.