7/3/12

Realidade Cero con Antonio García Vargas

 
Mil años de brutal melancolía

El rompecabezas se irguió ante mí, amenazante,
intentando arremolinar mi ósmosis creativa.

Ah, querida,
nada queda ya salvo la impía razón de tu goce
cubriendo la helada intimidad de mis vacíos.
Todo se relaciona, está visto, en el puro fluir.
Absorto en la antigüedad de la percepción feérica
aborrezco el sopor de mi alma cuando escucho
el estertor de mis pasos buscando tu puerta.
En la húmeda caligrafía de los fracasos
la libido llora misterios en el profundo espejo
mostrando la oculta cara de la dimensión desconocida.
Cuando se alza en lo mistérico de la noche
la silenciosa y negra nieve de tu desprecio
—en el brutal claroscuro sexo-desamor-sexo—,
hay momentos en que nos estorba el cuerpo.
Angosto se hace el camino; la paranoia simple
lleva al pensamiento de que la madera de nogal
que parió la cruz de Cristo es sagrado roble-árbol-luz
y Bond, James Bond, antídoto contra la fiebre porcina.
Alucinaciones varias y al fondo
un gran hermano menor fluctuando
entre la droga blanda y un par de X Files;
Fox Mulder contra la gripe A
y el desnudo incandescente de la cándida ministra
tergiversando fonéticos muslámenes andróginos.
Toda realidad de cuerpo presente o pasado
—visceral o depauperada por el tamiz—,
es simple punto de vista que resiste estólida
la prueba empírica del algodón.
Si la herramienta básica para prostituir realidades
está en la manipulación de la palabra,
controlar el significado de las palabras lleva
a controlar a la gente que las utiliza en sus guisos.
El mundo es un maravilloso poema que el necio prostituye;
una críptica oda que aún no ha sido ni será interpretada.
No hemos aprendido todavía a usar la música de las esferas,
ni a platicar con el cuerpo a la luz del relámpago.
Si miramos profundamente, ¿podríamos, hermano?
veremos que dentro de la mirada está la mariposa
y dentro de la mariposa el leve chasquido del rosal.
En fin —confiemos—, tal vez provocando el tierno labio
hallemos el temblor que precede a la danza del beso
y ello permita esquivar otros mil años de brutal melancolía.



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