19/4/12

Realidade Cero con Ellie Lloil(foto) y Noah Lloil(relato)



                                       La crueldad de la señora fortuna

Frente a un espejo con el marco desgastado y alguna ralladura que desigualaba su
superficie plana, se reflejaba mi silueta.
Mi cabello pelirrojo estaba recogido en una larga trenza la cual decoraba una pequeña tiara de esmeraldas que hacían juego con mis grandes ojos verdes. Sonreí
con ternura al acariciar el fino vestido de seda que llevaba puesto; realzaba mi pecho
y cintura haciéndome aparentar más edad de la que tenía en la realidad. Pero, lo que
me proporcionaba más felicidad no era el vestido, el maquillaje o el peinado, sino las
bailarinas de un tono rosado que cubrían mis pies.
Sentí el calor de los aplausos del público cuando el foco me iluminó en el
escenario. Sonreí como si por primera vez en mi vida me sintiera completa. Y con
la bella música que comenzó a sonar empecé a bailar con delicados y precisos
movimientos. Bailaba como si no hubiese nada que me retuviera en el suelo. Liviana
saltaba de un lado a otro haciendo vivir al público un espectáculo de ensueño. Al fin, mi
sueño se convertía en realidad; ser una bailarina profesional.
— Sabes que no es real— oí decir a una voz en mi cabeza.
— Cállate— le ordené.
Entonces la voz desapareció dándome paso a volver a mi actuación y así poder
embelesar a los espectadores de nuevo con mis movimientos. Pero cuando estaba
dispuesta a regresar alguien aporreó fuertemente la puerta.
— ¡Daniela! ¿Qué estás haciendo? ¡Tenemos trabajo!— la voz gruesa y grotesca
de aquel hombre me despertó de mi perfecta fantasía.
La tiara se desvaneció y el recogido con ella, dejando en su lugar un cabello seco
y dañado. El vestido de seda se transformó en una camiseta blanca acompañada de unos
pantalones vaqueros en los que podías hallar algún remiendo sin necesidad de buscar
demasiado. Pero, lo que más me desgarró el corazón, fue cuando las zapatillas de ballet
se desvanecieron dejando en su lugar unos tenis cotrosos y viejos.
Se esfumó el público, desapareció el escenario. Tan sólo quedó el antiguo espejo
y las estanterías llenas de la comida de los clientes.
— ¡Daniela!— al ver que no obtenía respuesta el hombre abrió la puerta de par en
par y se abalanzó al interior de la habitación con mirada enfurecida.
Era un hombre cuarentón y con grandes entradas que más bien se podría
caracterizar como las primeras señales de la calvicie. La gran barriga que tenía el
hombre por la obsesión a los dulces y la comida precocinada no podía ser disimulada, ni
siquiera, por el mandilón que llevaba puesto en el momento. Era un hombre grosero y
rudo, una idea reforzada por el espeso bigote que tenía sobre los labios.
— ¿Soñabas de nuevo, chiquilla?— preguntó en tono de burla—. Jamás
alcanzarás tu sueño de ser bailarina. Tan sólo eres una pobre muchacha que tiene que
limpiar el pescado— y con esas palabras me tendió bruscamente una caja llena de
pescado como si lo hiera hecho con toda la fuerza de la realidad— Límpialo. Haz tu
trabajo de una vez y deja de soñar imposibles— dicho eso rompió a carcajadas mientras

salía por la puerta.
Yo llevé la caja hasta el fregadero y cogí un cuchillo. Mientras abría en canal cada
uno de los pescados que debía limpiar sólo una idea dolorosa y desoladora rondaba por
mi cabeza.
“No todos los sueños se pueden cumplir, pues no siempre es cuestión de talento, a
veces también depende de la señora fortuna.”



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