26/4/12

Realidade Cero con Noah Lloil (relato) y Ellie Lloil (fotografía)


Reflexiones de un corazón afligido

El asombro reinaba en el auditorio. Cada uno de los miles de espectadores que se
encontraban en la estancia observaban con mirada brillante la perfecta compenetración
y hermosura con la que se llevaba a cabo cada paso de baile. Embelesados por tal
espectáculo, seguían con la mirada cada detalle, como si quisieran gravarlo en su
memoria y poder disfrutar así de él cuando deseasen. La música, que sonaba casi
mágica, realzaba todavía más el bello efecto que las bailarinas causaban sobre el
público, enamorándolos con el más simple “arabesque”. Cualquiera que hubiese asistido
a la función una vez habría sentido el deseo de regresar, para así saciar las ansias de un
corazón anhelante.
Suspiré con desgana y miré a las bailarinas. A pesar de la seriedad de sus rostros
se podía entrever en su mirada la felicidad que las embriagaba. Yo, en cambio, aunque
era la estrella de la noche, aquella que todos aguardaban contemplar, me encontraba
desolada y entristecida. Cerré los ojos un segundo intentando hacerme razonar. Esto
era todo cuanto había deseado desde mi niñez. Había renunciado a mi infancia, familia,
amor y amistad por alcanzar tan anhelado sueño.
Y ahora, ¿por qué me sentía tan vacía?
— Melissa— la suave voz de una de mis compañeras me despertó de mis amargos
pensamientos. La miré con pesadumbre. Ella movió los ojos en dirección al escenario
acompañado del suave movimiento de su cabeza—. Te toca salir.
— Oh…— exclamé en un susurro.
Posé mis ojos en el escenario y lo hallé vacío, luego miré a los espectadores que
esperaban ansiosos con sus miradas clavadas en el escenario. Entonces pude notar como
la impaciencia impregnaba el ambiente de un suave olor a admiración. Me aguardaban a
mí, la bailarina principal.
Suspiré con desgana, respiré hondo y entonces, como había hecho otras tantas
veces a lo largo de mi vida, salí a escena para maravillar al público con gráciles y bellos
movimientos dignos de una estrella. Tan pronto el público me divisó en el escenario las
alabanzas y ovaciones colmaron el ambiente dándome la bienvenida.
Los focos se centraron en mí, proporcionándome una calidez vacía, pero la única
que ahora conocía mi cuerpo. Olvidando ese triste detalle me coloqué en el centro del
escenario aguardando a que las primeras notas de música me rogaran que maravillara a
los espectadores con mis movimientos.
Abrí los ojos y miré al público. Todos me adoraban pero ninguno de ellos me
conocía. No había nadie especial entre los espectadores que me hiciese sentir única. ¿De
qué me servía que miles de personas me admirasen si no había ni una sola persona en el
mundo que me quisiese? Y fue ahí, con esa pregunta, cuando me di cuenta que la fama
no te puede consolar en los momentos de angustia ni la riqueza es capaz de comprar el
amor y la amistad, las cosas más importantes del mundo. Fue ahí cuando averigüé que
había escogido el camino equivocado.
Entonces, cuando la música comenzó a sonar no comencé la bella magia. Hice una pequeña reverencia en señal de disculpa y eché a correr, dejando al público con cara
de circunstancia. Todos comenzaron a revolucionarse preguntándose unos a otros que
ocurría, incluidas mis compañeras.
Y, aunque este acto imprudente me costase la carrera, en mi rostro había dibujado
una bella y radiante sonrisa.
Mi vida comenzaba ahora.



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http://noahlloil.jimdo.com/