4/8/12

Realidade Cero con Noah Lloil


 Desesperación  

La esperanza se había agotado. Estaba encerrada en un cuarto húmedo y frío iluminado simplemente por la luz de la tenue luna que entraba por la pequeña ventana de barrotes.
Las lágrimas empapaban mi cara amoratada al oír los gritos desesperados de la otra habitación, los golpes, el sonido oxidado de la sierra mecánica y las carcajadas de aquel ser abominable. Me temblaban las piernas, sentía el chirrido de mis dientes y mi respiración agitada. Quise calmarme, pero aquellos gritos no me lo permitían.
Maldije el momento en el que mi amiga y yo decidimos atajar por aquel callejón oscuro y desierto. Maldije el momento en el que aquella furgoneta vieja aparcó delante y nos pidió indicaciones. Maldije el momento en el que nos acercamos a ayudar. Y maldije mil veces al hombre que estaba torturando a mi mejor amiga, y que pronto, me torturaría a mí.
Sin que los gritos cesaran pensé en mi familia. No volvería a verlos jamás. Ojalá hubiera podido despedirme de ellos con un beso y no con aquel enfado infantil. No podía perdonarme eso y también saber cuánto daño les haría esta noticia. ¿Pero qué podía hacer yo ahora? Nadie sabía que estábamos aquí, nadie nos salvaría. Había perdido toda esperanza.
— ¡No!— dije—. No me puedo rendir—me recordé.
Volví a mirar los barrotes de la ventana. Estaban viejos y oxidados. La pared que los sostenía tenía innumerables grietas alrededor, que mostraban, que con paciencia y fuerza acabarían cediendo. Debía escapar, pedir ayuda para salvar a mi amiga. Aquí sentada, llorando, no conseguiría nada, tan solo cavar mi propia tumba.
Intenté deshacerme de la cuerda que ataba mis manos irritadas, pero fue en vano. Miré alrededor en busca de algún objeto cortante, en un lugar abandonado como este no debería ser difícil. Pronto, mi vista se paró en un cristal roto en la otra esquina de aquella habitación. Me acerqué hasta ella como pude, arrastrándome por el frío y húmedo suelo. Cuando llegué, agotada por el esfuerzo, me puse de espaldas y cogí uno de los trozos. Con un poco de tiempo me solté, pero justo cuando la cuerda cedió escuché un ruidoso golpe y un último grito. Encendió de nuevo la moto sierra, pero no había chillidos. Ignoré lo que significaba aquello, pues si dejaba que aquella idea penetrara en mi mente me fallarían las pocas fuerzas que me quedaban.
Terminé de desatarme rápido los pies y me levanté. Podía hacer ruido, el agresor no me oiría. Tiré de los barrotes, pero no logré nada. Seguí tirando bruscamente y el alrededor de los barrotes empezó a ceder. La moto sierra se apagó, yo di un último tirón y todo se desplomó provocando un gran estruendo.
Escuché las rápidas pisadas hacia la habitación en la que me encontraba y rápidamente subí a la ventana rota.
— Casi está, casi está— me repetí cuándo sólo me faltaban las piernas.
Pero me faltaron unos segundos. Escuché el chirriante sonido de la puerta al abrirse. No me giré, no quería volver a ver su cara. Intenté escapar más deprisa, pero justo cuándo me iba a levantar su mano me agarró la pierna. Tiré de ella intentando soltarla, pero él no desistía. Sentí como un objeto afilado penetraba en mi pierna provocándome un intenso dolor agudo y haciéndome gritar. Le di una patada con la otra pierna y me soltó.
Me levanté y comencé a andar cojeando mientras la sangre brotaba de la pierna e iba cayendo dejando el rastro.
— ¿Crees que puedes huir de mí?— dijo riéndose aquella tétrica y grave voz.
Escuché como cargaban un arma y miré atrás. Lo vi, me apuntaba con una pistola. Tal vez tendría suerte y moriría del balazo. Pero me equivocaba. El disparo fue a parar a mi pierna sana haciéndome caer a la hierba fresca. Me arrastré, grité pidiendo auxilio, esperando un milagro. Estaba desesperaba, la sangre se me había congelado, ya no era capaz de huir.
Intenté adentrarme en el bosque para esconderme, pero no lo logré. Las pisadas de aquel hombre cruel llegaron hasta mí, y en aquel momento supe que haber intentado escaparme había sido un error.
—Te haré pagar esto, niña— dijo la voz áspera—. Desearás haber sido tu amiga cuándo empiece contigo— me amenazó con esa mirada que mostraba que carecía de corazón.
Me arrastró cogida de una pierna. Forcejeé en vano. Grité sin resultado. Se me rompieron las uñas y me sangraron los dedos del esfuerzo de agarrarme a la hierba. Y volví a entrar en aquella casa abandonada, en la que se había matado a mi amiga. Entré sabiendo que jamás volvería a salir. Entré sabiendo que mi muerte no sería rápida ni plácida, sino que desearía no haber existido jamás. Y entré deseando que nadie volviera a caer en la trampa. 




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