9/10/12

Realidade Cero con Carlos Regalado

 
 Ella

El reloj se había parado a las 4:20 AM. Todos los vivos dormían, pero ella no conseguía mantener los ojos cerrados más de diez segundos seguidos sin que una  insana energía, que no lograba identificar, hiciera que sus párpados se abrieran como resortes, como las bocas de los pajarillos que impacientes esperan en el nido a que su progenitora les traiga un bocado que los sacie de una vez para siempre, hasta la próxima ansiedad.
Sabía que dentro de cinco horas nada más, se encontraría despachando clientes en el supermercado en el que trabajaba desde que decidió, hacía ya tres años, hacerse la maleta y emigrar del pequeño pueblo situado cerca de Santiago de Compostela a la gran ciudad, y esa idea la reconcomía por dentro, creándole unos vértigos pasajeros que la sumían en una especie de trance místico. Así, en el vaivén de sus ideas, se encontraba con la tranquilidad suprema. Después de tanto deambular por su mente buscando un remanso de calma, era el remanso el que la encontraba a ella.
Hacía ya tiempo que no salía con nadie, ni chicos, ni chicas. Se contentaba con ver películas que recogía en la biblioteca de su barrio, las clásicas eran sus preferidas. Siempre decía que había nacido en el tiempo equivocado (adoraba el romanticismo clásico) . Se encerraba en su pequeño espacio vital esperando a que algún hombre con gabardina y sombrero la sedujese, pero de algún modo, también había perdido la ilusión por el amor.
Todo lo que vivía, lo vivía a través de sus ojos. Estos se habían erigido como el centro neurálgico del sistema-estado que era su espíritu, su yo, su nada.
Hubo una época en la que fue feliz, la vida contenía un mar de posibilidades, estaba enamorada de un chico que la quería con locura, los estudios iban saliendo... Pero ya de aquellas había algo que presagiaba la caída que fue su existencia desde esa época en adelante.
Ahora eran las 6:15 AM. En estas circunstancias, el tiempo pasaba entre parpadeo y parpadeo, pensamiento tras pensamiento, suspiro tras suspiro, semejándose a las elipsis temporales que sólo se dan en las películas.
Lo que la preocupaba era tener que sonreirle a la gente, o no sonreirle, o mirarla  a los ojos, o no mirarla a los ojos, o darle los buenos días con amabilidad, o simplemente comportarse como la mayoría de sus compañeras de curro, que se mostraban como autómatas robotizadas, sin calor humano ni sangre en las venas. Ella no quería parecerse a las demás, pero tampoco tenía las fuerzas, ni el ánimo, para mostrar una forma de ser que no diera la apariencia de ser una cajera infeliz, como todas las que allí trabajaban. Era como si ese estado de ánimo que es el colectivo, la animara a manifestar un descontento por la vida justo en el momento de despachar clientes.
Ya no estaba segura de si realmente era el grupo el que la empujaba a ser desagradable, en su lucha por mantener el tipo, o si ese ser desagradable, provenía de su interior desconocido, y simplemente proyectaba en los demás lo que ella no quería aceptar para si misma.
Así pasaban los días, sigilosos, cargados de rutina, una rutina que la amargaba, pero que no era capaz de superar.
Como ya he dicho, eran sus ojos los que ahora dominaban. La vida externa, la que se produce fuera de nuestras barreras sensoriales, y que por pura inercia se mezcla con nosotros, se había reducido a la única percepción visual, y a algún que otro roce casual al bajar del autobús, o al devolverle el dinero a algún cliente. Todo lo demás eran imágenes envasadas al vacío, que uno podía  reproducir cuando le viniera en gana en su ordenador, sin la molesta dependencia del otro, del receptor, del vivo.
El psicópata se define por la completa insensibilidad hacia el sentir de las personas que le rodean, adquiriendo la capacidad de manipular a su antojo el devenir de las mismas sin el más mínimo remordimiento. Lo que ella sentía era el mismo aislamiento que el psicópata, pero a la inversa. De tanto sentir por los demás se había hecho insensible hacia si misma, hacia su propio devenir, restándole importancia a los continuos menosprecios que algunas de sus compañeras hacían sobre su forma de ser. Restándose importancia en este mundo de competición y lucha fraticida. Había dejado de reir, de comer, de respirar, de sentir.
Sentía a través de los demás. Si alguien sonreía en la calle, ella sonreía con él. Si alguien lloraba en la televisión, ella lloraba también. Estaba convencida de que su forma de sentir era plena, que nadie era capaz de sentir como ella, que nadie era capaz de sufrir como ella.
Si algún chico la miraba a los ojos, y le sonreía buscando su complicidad, ella sentía un remolino de angustia en su interior, que le hacía torcer el gesto con disimulo, y seguir su camino sin prestar atención a las oportunidades de apertura que el mundo le ofrecía. Se sentía invadida en su fortaleza, y sin nada que poder ofrecer.
Sin embargo, le encantaba sentarse en los parques, en lugares poco visibles, y observar a las parejas en su frenesí sensual. Esto la excitaba plenamente, y sin ser vista, con una de sus manos, muy lentamente, comenzaba a acariciar el río virginal que era su sexualidad, hasta desembocar en un océano plagado de dudas y resortes de conciencia.

continuará...
 
 
Carlos Regalado 
 
 
 
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