14/5/13

Realidade Cero con Alejandro Giménez Robres

Reflejos de Lucerna
El pianista atacó su última pieza ante un público que, ajeno a sus esfuerzos y comprensibles limitaciones, apuraba sus últimos tragos, concluía sus últimas conversaciones y salían ordenadamente del bar. Apuré mi último sorbo de whisky y esperé a salir del local en último lugar. No por nada en concreto, solamente para despedirme de Cleo y del novato pianista hasta el día siguiente, como tenía acostumbrado. Me calcé mis desgastados guantes de piel, me cubrí el cuello y parte del rostro con la vieja bufanda de cachemir que me había regalado Martina y me dispuse a buscar alguna taberna que permaneciera abierta cerca del paseo fluvial con la certeza de que no quedaban bares abiertos a esas altas horas de la madrugada. Caminé por las calles de Lucerna en silencio, tentando mis pasos a causa del Whisky, buscando con la mirada el transcurrir nocturno de los cisnes por los alrededores de los muros del Kapellbrücke. Un grupo de jovenes, probablemente músicos de alguna orquesta local, apareció de un callejuela colindante y se me quedaron mirando unos segundos, como si me conocieran de algo o me hubieran visto una de aquellas noches por los cafés y terrazas de la ciudad. Hacerse popular, o mejor dicho, visión habitual para los tenues y discretos transeuntes de Lucerna, es algo de lo que uno no puede sentirse orgulloso. Al menos en esta ciudad. Pues esta ciudad, según el mismo Cleo, que la conoce bien, o mejor dicho, que no ha conocido otra en su vida, solo alberga de noche a los desarrapados, a los olvidados, a los que esperan masacrados el día entero a que caiga la noche y se oscurezcan de sombras azules las cumbres del Circle d´Or para así poder deambular sin restricciones por estas calles inertes en las que se ha convertido la Europa invernal y civilizada. Asomé al estanque y ví mi propio reflejo en las placas de aguas cristalizadas por el frío. Pensé en Picasso, en las razones que lo llevaron a instalarse en esta tristeza de vida durante más de treinta años, en las nieves perpetuas que salpicaban el horizonte de Lucerna de constelaciones blancas y brillantes, en las maravillosas páginas que hubiera escrito Proust partiendo de este instante, en que si no escribía una sola línea desde hacia meses no valía la pena seguir vagando sólo por las calles de Suiza y que lo mejor (o lo más práctico) sería que volviera a casa.
Pero se me ocurrió, otra vez Cleo y sus malditas verdades, que el tiempo me permitía volcar la mirada atrás, pero nunca deshacer el camino recorrido. Y entonces, como era lógico e inevitable, pensé en Martina. En como se las apañaría para cuidar sola de nuestra hija, en su hilillo de voz, en sus desvelos y lamentos cargados de razón. En que lo mejor sería que se olvidara de mí y que se buscara otro hombre. Un hombre sin fisuras y que, ¡por dios!, no se hallara invadido por esta enfermedad de la literatura. Sin embargo las únicas noticias que tuve de ella, aunque sean un poco antiguas, eran que estaba removiendo cielo y tierra para encontrarme. Pobre Martina, pobre mi llave, pobre compañera de vuelo nocturno. Aún no se había enterado, o no se había querido enterar, lo que es peor todavía, que yo era la causa común y única de todas sus desgracias.

Me agarré a mi abrigo, crucé el Kapellbrücke, y pensando en mi desperdiciada juventud, y también en malheridos leones de piedra, volví al calor del hostal.

Alejandro Gimenez Robres




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