18/2/14

Hermosa parábola de un crisantemo, por Carlos Serrano Hermo

 

Crisantemo

Marchitándose lentamente el crisantemo,
se pregunta el porqué jamás cayó en tierra fértil.
¿Por qué tuvo siempre que pelear
por los dorados rayos de Sol?
¿Por qué forcejear
con los cardos y los cantuesos?
Agobiado por su maceta,
decidió caerse del tiesto,
salir por la ventana
y gritar al viento.
Pero nadie vio caer las lágrimas,
nadie escuchó su lamento.

Una vez más salir
y una vez más huyendo,
en la búsqueda de la calma,
del dolor del pecho.
Las raíces amputadas,
por tanto trasplante mal hecho,
no conseguían ya agarrar,
en ninguna arena
de ningún terreno.

Condenado como planta en un barco.
Aislado del mundo,
siempre navegando,
el crisantemo miró al cielo.
Allí divisó al halcón contento.
Y el halcón susurrando le dijo:

-Recuerda crisantemo,
eres una flor frágil
que no se hizo para el destierro,
deberás echar púas, 
ganchos y venenos,
ser salvaje como yo
y que te tengan miedo. 
Así son las leyes del mundo,
yo no las escribí 
pero las entiendo.
Aprende a leerlas y todo para ti
será nuevo.

El crisantemo asustado,
perdió algún pétalo
sabiendo que la consigna,
era un acierto,
pero que su tallo
y su corazón relleno,
jamás podrían aguantar, aquel tormento.
Y escribió antes de marchitarse
en su epitafio: sólo dos frases.

"Prefiero ser frágil flor y ser sincero,
y que mi perfume llegue a donde yo no puedo"

Así, las duras piedras,
las más duras, de entre todos los seres
del bosque negro,
lloraron durante días,
lloraron durante años,
como no lo hicieran con ningún veneno,
añorando aquel agradable aroma
que desprendía el crisantemo. 
Carlos Serrano Hermo
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