25/12/14

Al fin, el dolor había perdonado a mi alma.


IV.

Era en otro país.
Eran los tigres, de noche,
y las estrellas, en el tambor, a lo lejos.
El barco de coral inundaba el cielo,
cargado de risas.
Rugían las olas.
Un latido, en el aire, golpeó,
salvaje como el universo.
Y entendí
que, al fin, el dolor
había perdonado a mi alma.

Izara Batres





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