Relato Corto


Ella

El reloj se había parado a las 4:20 AM. Todos los vivos dormían, pero ella no conseguía mantener los ojos cerrados más de diez segundos seguidos sin que una  insana energía, que no lograba identificar, hiciera que sus párpados se abrieran como resortes, como las bocas de los pajarillos que impacientes esperan en el nido a que su progenitora les traiga un bocado que los sacie de una vez para siempre, hasta la próxima ansiedad.

Sabía que dentro de cinco horas nada más, se encontraría despachando clientes en el supermercado en el que trabajaba desde que decidió, hacía ya tres años, hacerse la maleta y emigrar del pequeño pueblo situado cerca de Santiago de Compostela a la gran ciudad, y esa idea la reconcomía por dentro, creándole unos vértigos pasajeros que la sumían en una especie de trance místico. Así, en el vaivén de sus ideas, se encontraba con la tranquilidad suprema. Después de tanto deambular por su mente buscando un remanso de calma, era el remanso el que la encontraba a ella.
Hacía ya tiempo que no salía con nadie, ni chicos, ni chicas. Se contentaba con ver películas que recogía en la biblioteca de su barrio, las clásicas eran sus preferidas. Siempre decía que había nacido en el tiempo equivocado (adoraba el romanticismo clásico) . Se encerraba en su pequeño espacio vital esperando a que algún hombre con gabardina y sombrero la sedujese, pero de algún modo, también había perdido la ilusión por el amor.
Todo lo que vivía, lo vivía a través de sus ojos. Estos se habían erigido como el centro neurálgico del sistema-estado que era su espíritu, su yo, su nada.
Hubo una época en la que fue feliz, la vida contenía un mar de posibilidades, estaba enamorada de un chico que la quería con locura, los estudios iban saliendo... Pero ya de aquellas había algo que presagiaba la caída que fue su existencia desde esa época en adelante.
Ahora eran las 6:15 AM. En estas circunstancias, el tiempo pasaba entre parpadeo y parpadeo, pensamiento tras pensamiento, suspiro tras suspiro, semejándose a las elipsis temporales que sólo se dan en las películas.
Lo que la preocupaba era tener que sonreirle a la gente, o no sonreirle, o mirarla  a los ojos, o no mirarla a los ojos, o darle los buenos días con amabilidad, o simplemente comportarse como la mayoría de sus compañeras de curro, que se mostraban como autómatas robotizadas, sin calor humano ni sangre en las venas. Ella no quería parecerse a las demás, pero tampoco tenía las fuerzas, ni el ánimo, para mostrar una forma de ser que no diera la apariencia de ser una cajera infeliz, como todas las que allí trabajaban. Era como si ese estado de ánimo que es el colectivo, la animara a manifestar un descontento por la vida justo en el momento de despachar clientes.
Ya no estaba segura de si realmente era el grupo el que la empujaba a ser desagradable, en su lucha por mantener el tipo, o si ese ser desagradable, provenía de su interior desconocido, y simplemente proyectaba en los demás lo que ella no quería aceptar para si misma.
Así pasaban los días, sigilosos, cargados de rutina, una rutina que la amargaba, pero que no era capaz de superar.
Como ya he dicho, eran sus ojos los que ahora dominaban. La vida externa, la que se produce fuera de nuestras barreras sensoriales, y que por pura inercia se mezcla con nosotros, se había reducido a la única percepción visual, y a algún que otro roce casual al bajar del autobús, o al devolverle el dinero a algún cliente. Todo lo demás eran imágenes envasadas al vacío, que uno podía  reproducir cuando le viniera en gana en su ordenador, sin la molesta dependencia del otro, del receptor, del vivo.
El psicópata se define por la completa insensibilidad hacia el sentir de las personas que le rodean, adquiriendo la capacidad de manipular a su antojo el devenir de las mismas sin el más mínimo remordimiento. Lo que ella sentía era el mismo aislamiento que el psicópata, pero a la inversa. De tanto sentir por los demás se había hecho insensible hacia si misma, hacia su propio devenir, restándole importancia a los continuos menosprecios que algunas de sus compañeras hacían sobre su forma de ser. Restándose importancia en este mundo de competición y lucha fraticida. Había dejado de reir, de comer, de respirar, de sentir.
Sentía a través de los demás. Si alguien sonreía en la calle, ella sonreía con él. Si alguien lloraba en la televisión, ella lloraba también. Estaba convencida de que su forma de sentir era plena, que nadie era capaz de sentir como ella, que nadie era capaz de sufrir como ella.
Si algún chico la miraba a los ojos, y le sonreía buscando su complicidad, ella sentía un remolino de angustia en su interior, que le hacía torcer el gesto con disimulo, y seguir su camino sin prestar atención a las oportunidades de apertura que el mundo le ofrecía. Se sentía invadida en su fortaleza, y sin nada que poder ofrecer.
Sin embargo, le encantaba sentarse en los parques, en lugares poco visibles, y observar a las parejas en su frenesí sensual. Esto la excitaba plenamente, y sin ser vista, con una de sus manos, muy lentamente, comenzaba a acariciar el río virginal que era su sexualidad, hasta desembocar en un océano plagado de dudas y resortes de conciencia.


continuará...



Pensamientos de un adolescente en apuros


Tengo catorce años, y sí, estoy cansado de vivir. Tan joven y tan viejo. Cansado y perdido. Sólo, y a la vez rodeado de gente.
Estaré enfermo, o será algo por lo que pasa todo el mundo cuando se hace “mayor”. En realidad creo que todo el mundo siente lo que yo siento, pero se han cansado de sufrir. Yo no, yo soy un héroe, y les voy a enseñar a todos la gravedad de su ceguera. Porque todo ciego es cómplice, responsable a su modo de la barbarie llamada humanidad.
Últimamente siempre que enciendo la tele, me encuentro con sucesos que siento como míos; guerras, suicidios, diferencias insalvables. No se si es una ilusión propia de mi edad, pero creo que si todos fueran como yo, el mundo sería un sitio mejor en el que vivir.
Deben de ser las nueve de la mañana, los rayos del sol entran por los agujeritos de la persiana que siempre dejo un poco abierta. Me gusta esa sensación de la luz de la mañana entrando por la ventana, me ayuda a despertarme con buen humor. Siempre me quedo un rato tumbado después de que suene el despertador.
Fuera ya se escuchan ruidos, mi madre debe de estar limpiando, como cada día, como todos los días, la casa. Le encanta tenerla limpia, excesivamente limpia, para mi opinión. Desde que ella y mi padre no se hablan, utiliza la limpieza como modo de evasión. Cuando no está en el trabajo, limpia en casa, o se entretiene con esos programas de cotilleos. Mi padre utiliza los juegos de cartas del ordenador.
A mi para evadirme me gusta fumar porros, y estar con los colegas, con ellos me siento bien. Eso y masturbarme. Cada vez que me inunda la angustia, me hago una paja. Me encanta leer esas historias que traen las revistas porno, pero no me gustan las que hablan de una lascivia incontenida, más o menos como la que se ve en las películas, sino que me gustan los relatos en los que me puedo imaginar que soy yo al que le pasa tal o cual peripecia, como en una que leí el otro día en la que un chaval se lo montaba con su tía, entradita en carnes. Era su tía la que se metía en su cama todas las noches cuando su tío dormía. Eso me pone a cien.


Me levanto, voy directo al baño, y la primera meada que echo es enormemente placentera. Me lavo la cara con abundante agua, me paso unos cinco minutos mojándome, junto las palmas de las manos, las pongo debajo del chorro, que vierte agua lentamente, y cuando están completamente llenas, me la echo por la cara; es un pequeño placer que me encanta experimentar. Nunca me peino, lo que hago es remover el poco pelo que tengo con las manos hasta que consigo que no parezca que me acabo de levantar.

Si tengo suerte, y no he cometido ningún descuido accidental que transgreda las exigentes reglas impuestas por mi madre para con el glorioso orden de la casa, tendré un desayuno en paz. Podré calentar la leche con colacao en el microondas sin ser obligado a aguantar toda una retahíla de reproches que penden en la delgada linea entre lo insidioso y lo justo. Sí, parece que esta vez estoy de suerte, mi madre me ha visto, y me ha dado los buenos días con una sonrisa en la boca, semeja que está contenta, “!bien¡” pienso para mis adentros, y le devuelvo la sonrisa que mejor me sale en estas circunstancias (suelo levantarme con buen humor, pero con pocas ganas de relacionarme con nadie).

Os preguntareis el por qué de mi apatía para con la vida, para con los vivos, si es que realmente están vivos, si es que realmente estáis vivos. Dudo que realmente estemos aprovechando la vida como se merece. Dudo que en verdad seamos la esencia que nuestra individualidad nos impone, con gran benevolencia. Somos pequeños dictadores para con nuestra existencia, sensible y delicada como una gota de rocío. Porque en el fondo todos buscamos vivir desde nuestro ego, ese personajillo diminuto, que lo abarca todo (lo que puede), pero no se realiza en nada.
Por eso me hundo en las drogas, y por eso me gustan mis amigos, porque ellos sienten lo mismo que yo, aunque no lo expresen. Porque ellos se dan cuenta de la ausencia de futuro, y de presente, que inunda nuestras vidas, y las de nuestros padres, y así sucesivamente, hasta llegar a lo más alto de la pirámide, que es el estado, y la civilización actual.
A veces deseo que halla una hecatombe que haga sucumbir los cimientos de la vida tal y como la conocemos, y que solo quede eso, un presente limpio de impurezas, o de impurezas que se sepan tales, que no se crean la punta de la evolución por el simple hecho de creérselo, cegadas por el brillo de lo artificial. Pero nada de esto pasará. Todo seguirá igual. Un presente negro, sin valor real, todo corrompido por la necesidad muerta.
Solo nos queda la libertad individual, y empiezo a darme cuenta de que es lo único que determina la belleza o no de nuestro tránsito vital. No podemos vivir a expensas de una colectividad defraudadora que nos catapulta hacia el autoengaño...  


continuará...




El Mago



I

Mi casa está situada en uno de los barrios más opulentos de la ciudad de La Coruña.
Tranquilo, con poco tráfico, tanto de personas como de animales metálicos,denominación que usaba mi abuelo cuando aún vivía, y que ahora uso yo, para referirse a los automóviles, ya fueran coches, motos, camiones o bicicletas. Es un barrio de los que a medida que te sumerges en sus calles, pareciera que te estás adentrando en uno de los muchos pueblos que dan vida a la geografía gallega, con sus casas que no superan las dos alturas, sus perros ladrando, su vegetación...pero con la distinción de que aquí las casas son de una gran opulencia, lujo extraño a mis ojos, en el cual subsiste un eclecticismo arquitectónico, que lo convierte en un barrio único, extravagante,y cuyos habitantes han desarrollado, como si de una fusión entre materia viva y materia inerte se tratase, unas cualidades a su vez también de una gran disparidad.
Aquí te puedes encontrar desde el nuevo rico que casi no da llegado a fin de mes debido al ritmo de vida elevado que se ha propuesto seguir, hasta al humilde trabajador que poco a poco, con un gran sacrificio vital y una pequeña dosis de suerte, ha amasado una gran fortuna. Tal es el caso de la familia Campillo, naturales de Guadalajara, de los cuales el cabeza de familia, el señor Manuel, aún conserva la vieja costumbre de pasearse por las calles vacías de los alrededores, media hora antes de que pase el camión de la basura, para ver si alguien ha desechado algún electrodoméstico, o cualquier cosa que le pueda servir en su pequeño "taller de inventos y reparaciones", como él lo llama, siempre con una sonrisa de satisfacción en la boca. También está el que asfixiado por su vida laboral, se encontró con una herencia familiar, que lejos de mejorar su existencia en el mundo, la convirtió en una cárcel de lujos y excesos, y no deja de resultarme curioso, que dicha persona, a la cual yo conocía antes de que ascendiera en la escala social gracias a la ayuda divina caída del cielo en el que descansa toda su ascendencia, tal y como él dice con una mueca irónica, era el típico moralista, que siempre denigraba al personaje que conducía su vida por el lado salvaje, tachándolo de despojo social.
Como iba diciendo mi casa es un casa que, dependiendo de la hora y del lugar desde el que se la mire, puede crear sensaciones totalmente encontradas; si la miras desde el pequeño montículo que hay situado en frente de la casa de los Campillo a la hora en la que el sol calienta con mayor fiereza, da la sensación de ser una casa alegre, de campo. En cambio, si la miras en ese momento del atardecer en el que apenas se distingue la cara de mi mujer llamando para cenar desde la ventana de la cocina, la denominada hora bruja, proporciona una sensación de recogimiento sepulcral, que invita a adentrarse en su interior en busca de cobijo. Pero el momento que más me llama la atención es cuando, de noche cerrada, y volviendo de mis paseos en soledad, la observo desde la parada del autobús que hay situada al final de la calle, la cual es una cuesta bastante pronunciada, y que si la sigues en sus derroteros terminas en la playa del Orzán. Observando la casa desde este punto de vista y a estas horas parece que estuvieras viendo la casa de la película "Psicosis" de Alfred Hischcotk, lo cual me aterra y me seduce a partes iguales.
Pero lo que realmente me sitúa frente ha ustedes es la necesidad de hablar sobre un hecho concreto de mi existencia, cuya importancia capital radica en la toma de consciencia sobre mi propio devenir en la historia del mundo tal y como la percibimos los seres humanos; esa punta de lanza de la vida material conocida hasta ahora, signifique lo que signifique la palabra materia, que para unos no es más que una sustancia inerte unida a un fondo espiritual en el caso de los seres vivos, o una sustancia inerte sin más en el caso de los seres inanimados como por ejemplo las piedras que hay en el fondo del río Miño, río que dio colorido a las tardes de verano de mi infancia. Lo que para mi significa materia es ese todo que está presente en todas las variables de lo que existe, con indepencia de que esté vivo o no,si es que realmente existe algo realmente muerto, ya que, si yo ahora estoy vivo, y mi cuerpo-espiritu está formado por partículas esenciales presentes a su vez en cualquier otra forma de existencia, por qué no una piedra que está formada a su vez por las mismas partículas esenciales que me forman a mi no va a contener la misma cualidad cuerpo-espíritu, pero con distinto grado de consciencia sobre si misma que el que puedo tener yo, presuponiendo que mi racionalidad me confiera dicha consciencia, o que yo sea capaz de usarla como es debido.
Mi infancia transcurrió como la de cualquier otro niño nacido en una casa sin agobios económicos. Mis padres, José y María, naturales del Bierzo, una región de una belleza parecida a la gallega, plagada de montañas, valles y ríos, de ahí esa antigua reivindicación que tienen algunos de sus habitantes, que consideran al Bierzo como a un territorio más de Galicia, emigraron para la ciudad de Ourense, capital de la provincia que recibe el mismo nombre, y que está situada al sureste de la geografía celta, por motivos de trabajo, ya que a mi padre en aquellos tiempos le dieron un empleo como músico en la banda de la ciudad, y al poco tiempo, mi madre consiguió una plaza en el hospital Virgen del Cristal como enfermera, mejor dicho, como auxiliar de enfermería, corrección que siempre hace ella cuando alguien desconoce la diferencia entre ambas profesiones, ya que auxiliar de enfermería es, como la misma palabra lo dice, ayudante de la enfermera, demostrando con este hecho una de sus características fundamentales y que definen su filosofía de vida: "no sirve de nada aparentar lo que no eres" siempre dice, "ya sea bueno", como en este caso, "ya sea malo". .
Corría el año 1980 y los tiempos no estaban como para echar cohetes, así que si querías tener una cierta prosperidad tenías que apretarte los machos y remar contra viento y marea para conseguir ahorrar unas pocas pesetas a final de mes. Al poco tiempo mi madre se quedó embaraza de mi hermano mayor, al que llamaron Moisés, nacido poco después del golpe de Estado perpetrado por el general Tejero y sus secuaces, el cual por falta de consistencia quedó en nada, pero que supuso un gran susto para mi madre, que observaba con horror la televisión, mientras avanzaban los tanques por las calles desiertas de Valencia, y un gran temor se apoderó de ella al ver que su primogénito iba a nacer en una dictadura, de la cual España se había liberado apenas tres años antes.
Resulta significativo que al poco tiempo de que mis padres tuvieran a mi hermano mayor, mi madre se quedó de nuevo embarazada, esta vez del que sería mi hermano mediano, llamado Darío, quien nació a los siete meses de gestación, teniendo que convivir en la incubadora dos meses por causa de su precipatación al querer llegar a este mundo. Se ve que esta prisa por nacer se le quedó grabada en el subconsciente, y le sirvio de lección, ya que ahora es una persona totalmente reflexiva a la hora de escoger un camino; nunca hace nada sin que anteriormente haya sopesado profundamente los pros y los contras en cualquiera de sus decisiones.
Mis hermanos y yo formamos una trilogía un tanto especial: mi hermano Moisés representa la intuición, al sentimiento. Darío simboliza la razón, la metodología... y yo soy una mezcla a partes iguales de estas dos características, yo represento la dualidad, la ambigüedad, la neurosis creada por mi incapacidad para definirme en cualquiera de estas dos caras de la misma moneda, así cuando pienso las cosas demasiado, soy incapaz de tomar una decisión que me satisfaga plenamente, y cuando por el contrario actúo bajo los designios de mi intuición suelo romper el tiesto, comportándome como un elefante que entra a comprar en una cacharrería. Bueno, ahora mismo estoy hablando con una negatividad excesiva, ya que he de reconocer que a veces surgen momentos, situaciones, en las cuales mi corazón y mi cerebro se unen en un solo órgano, y surge la que yo llamo "mi inspiración", y es en esos momentos cuando realmente me siento yo mismo, y fue en uno de esos instantes realmente eternos en el que conocí a Magda, la que es mi mujer, y con la que he pasado los mejores años de mi vida.
Lo recuerdo como si fuese ayer, yo había ido a estudiar filosofía a la ciudad de La Coruña totalmente convencido de que el amor a la sabiduría era mi verdadera vocación, gusto que adquirí de uno de los profesores que me encontré en mi etapa en el Instituto "El camino de las Maravillas" de Ourense, el cual enseñaba con tal elocuencia y pasión que hizo aparecer en mi, o simplemente me dio la calma necesaria para dirigir mi consciencia hacia esa semillita que yo debía de regar día a día para que creciera fuerte y robusta. Nunca olvidaré el día en el que Fede, que así le llamabamos, aunque a él no le gustaba, lleno de coraje, supo plantarme cara de tal forma, que hizo que yo, un joven "rebelde" (ese era mi apodo), me preguntara sobre el por qué de mi actitud en aquellos tiempos, tan llena de ira inconsciente, tan necesitada de cordura.
Mi período en el centro de estudios secundarios fue una etapa de experimentación, en la cual me dediqué a vagabundear con los amigos que hice, dedicándonos al consumo de cualquier sustancia susceptible de afectar a nuestra percepción anquilosada en las costumbres culturales adquiridas en la infancia. Realmente la sustancia que más me influyó, para bien como para mal, fue el LSD, cuya ingesta llegó a convertirse en un ritual para los fines de semana. El ácido abrió en mi un mundo de percepción vital, que me obligo a replantearme como si de un milagro se tratase, el sentido de mi existencia, haciéndome pasar por un sin fin de depresiones, obsesiones y catarsis varias, hasta que de verdad comprendí que lo que realmente me estaba pasando era que los tripis, como nosotros los llamábamos, me estaban enfrontando cara a cara con los secretos que había ocultos en el fondo de mi subconsciente, con todas esas sensaciones negativas de la infancia, o de otras vidas, con los miedos enterrados en el pasado, que de algún modo se habían desprendido de la memoria más cercana y se habían entretejido en los resortes de mi mundo desconocido. Recuerdo que una de las características más salientables ofrecidas por el ácido fue la capacidad para percibir con claridad como las personas nos aprovechamos energéticamente de otras personas bajo pretextos amables, ya sea amor, amistad, preocupación por el prójimo...cuando lo que realmente queremos es rellenar ese vacío que tanto nos asusta, y que no estamos dispuestos a aceptar, hasta que es demasiado tarde, o hasta que una situación crítica nos lo revela como esencial. Me refiero a ese hueco que solo podemos rellenar con la luz de la existencia, ese manantial que nos pertenece desde que nacemos hasta que morimos, que ya venía con nosotros, y con nosotros se marchará.
Cuando acabé el instituto, no con pocos esfuerzos, ya que había perdido la capacidad de sentarme en frente de un libro para memorizarlo por el simple hecho de aprobar los exámenes, me dirigí a la ciudad siglos atrás defendida por la señora María Pita de los ingleses, o eso es lo que cuentan, para estudiar filosofía como antes dije. Lo cierto es que yo, con gran inocencia, esperaba encontrarme en la universidad un ambiente estudiantil apasionado, con ganas de cambiar las cosas, o por lo menos de intentarlo, pero lo que me encontré fue un reducto de desidia, conformismo social, junto con un edulcoramiento de la realidad, todo regado por el alcohol y la fiesta, lo cual,dicho sea de paso, era lo único que merecía la pena de dicho ambiente. La juventud escondía su rendición ante la sociedad capitalista y consumista bajo todo tipo de apariencias, ya fueran neojippis, neocomunistas, neonacionalistas, neoliberales, neofascistas, entiéndase el prefijo "neo" con el significado de "falso" antes que con el apelativo de "nuevo", y digo esto porque yo pertenecí a algunos de estos adjetivos, pero me acabé dando cuenta de que eran simplemente fachadas que uno escogía conscientemente para entrar en el juego social de máscaras con la garantía que te da el pertenecer a un grupo, corriendo el riesgo de convertirte en un autómata incapaz de enfrentarte a los designios del colectivo. No todas las personas en estos grupos eran meramente productos manufacturados por la ideología de turno, sino que también había los que realmente eran libres de pensamiento, pero que se encontraban inmersos en los vaivenes creados por la curiosidad viva, que tiende a sumergirse en los abismos ideológicos para desentrañarlos en primera persona. Otros que se salvaban de toda esta barbarie eran los llamados Frikies, los cuales eran denominados con este sustantivo que significa "monstruo" por el simple hecho de enseñar a la luz pública sus pasiones, fueran las que fueran. Era como si toda la juventud ejerciera una especie de represión contra si misma para no desarrollar públicamente el amor hacia una determinada característica o cualidad personal. Al final cualquiera podía ser un Frikie ya que la palabra se convirtió en el insulto comodín a la hora de intentar ridiculizar a alguien que dijera algo fuera de lo normal para el grupo mayoritario o de poder, ya fuera un conjunto de amigos, un aula, o un equipo de trabajo, perdiendo el susodicho vocablo su verdadero significado, es decir, democratizándose su significado.
Nos hallábamos en el año 2009 y yo estaba terminando la carrera, nombre explicativo de lo que realmente significa estudiar una materia en la universidad, cuando en la cena de fin de curso, estando ya de bares con los compañeros, nos reunimos con un grupo de estudiantes de derecho, entre los cuales se encontraba Magda, yo estaba animado más que por el alcohol, por ese ánimo que uno es capaz de diferenciar de la euforia etílica y que emana de tu interior, pero no sabes por qué. Es como si todo tu cuerpo intuyera, en un éxtasis sutil, que algo bueno está a punto de pasarte. Hubo un momento en el que Magda y yo coincidimos frente a frente, nos miramos dos segundos, sonriendo, y con la mayor naturalidad yo le di un beso en la mejilla, fue un beso de una ternura inusual para dos personas que apenas se conocían más que de verse en la facultad, entonces ella se quedó con los ojos cerrados, como disfrutando de la atmósfera de recogimiento que nos habíamos creado, y sentí que quería besarla de nuevo, y la besé, esta vez en la boca, abrazándola levemente, y fue un beso mágico, de los que alegran a todo el que tiene la suerte de vivirlo, de hecho todo el bar empezó a aplaudir, y seguimos así, acaramelados hasta que encendieron las luces blancas, anunciando con ellas el fin de la noche.
Antes de seguir adelante quiero adentrarme un poco más en mi infancia. Como ya he dicho, mis hermanos habían nacido uno detrás del otro, con un espacio breve de tiempo entre sendos nacimientos, apenas se llevan diez meses de diferencia, y a los dos años y dos meses nací yo, y fue este distanciamiento temporal entre mi llegada al mundo y la de mis dos hermanos, no lo suficientemente extensa como para situarme fuera de su habitat generacional, pero tampoco lo suficientemente corta como para situarme dentro, lo que generó no pocos conflictos a la hora de designarme un rol dentro del terceto fraternal, éramos como un triángulo escaleno dado la vuelta, mis dos hermanos iban delante, a la par, y yo iba pegado a ellos, pero detrás, generándose en mi un anhelo desmedido por situarme a su misma altura, fracasando mis intentos de adhesión, lo cual me ha llevado, con el tiempo, a un total desprecio por las jerarquías familiares y sociales. Rechazo toda ordenación de las personas que no atienda a razones empíricas, es decir, si alguien es un lider, creo que debe de serlo porque se lo ha ganado demostrando su capacidad para ello, y no porque halla una ley cultural que diga que su sangre es digna de liderazgo, o que simplemente sea escogido por una mayoría pusilánime e ignorante, incapaz de comprender lo que significa verdaderamente democracia. La democracia de aquellos tiempos era un paripé, un espectáculo de masas que estaba muy lejos de parecerse a una sociedad que se rige a si misma conscientemente, gobernada por una clase política corrupta, que simplemente reflejaba la miseria de una sociedad en declive, una sociedad individualista, de un individualismo egoísta, tan aletargada por su búsqueda de lo superficial que carecía del talento necesario para desarrollarse espiritualmente.
Lo mismo que también creo que un padre debe ganarse el respeto de sus hijos paso a paso, si es que en algún momento lo ha perdido, ya que un hijo, cuando nace, siempre respeta a su padre de una manera incondicional, está en su naturaleza respetar a su padre, no podría ser de otra forma.
Yo dejé de respetar a mis padres en mi juventud, justo en el momento que comencé a ver claro el poco respeto que se tenían el uno por el otro. Me provocaba un enorme dolor el presenciar todas esas peleas, en las cuales se generaba una lucha de poderes, en donde todo valía a la hora de ganar una mísera batalla. Mi padre era capaz de utilizar las palabras más crueles, tergiversando la realidad, a la hora de atribuir la culpabilidad de todas las refriegas familiares a mi madre, y mi madre, en su debilidad, buscaba el favor mío y el de mis hermanos para conseguir que nos pusiéramos en contra de mi padre, y no pocas veces lo consiguió, unas veces con razón, y otras sin ella, ya que era muy dada a generar compasión mediante lloros y quejas amargas. No se daban cuenta de que su mierda nos salpicaba a todos, y así estuvieron mucho tiempo, entre reconciliaciones, que en verdad, eran rendiciones de mi madre, que agachaba la cabeza en el momento que mi padre quería que todo volviera a la calma.
Ahora, pasado el tiempo, he de decir que realmente han aprendido a conocerse, y a comprenderse, eso si, después de haber soltado durante largo tiempo todo ese odio que el uno sentía por el otro, ya que los dos eran culpables e inocentes a partes iguales, simplemente era su situación; pequeñas cobardías que no se atrevían a denunciarse en el momento adecuado y que quedaban grabadas en su memoria, saliendo a la luz en los momentos de crisis. Ciertamente eran personas muy distintas.
Yo desarrollé una rebeldía militante, basada en la percepción de esa unión que se daba entre mis padres cada vez que tenían que luchar contra mi comportamiento subversivo, es decir, eran los momentos de conflicto creado por mi insumisión juvenil los que generaban una renovación del sentimiento de pareja que alguna vez había hecho que sus almas se acercaran. Se producía una especie de efecto magnético similar al que se produce cuando sitúas dos imanes a poca distancia el uno del otro. Ellos normalmente representaban a esos dos imanes relacionados conyugalmente a través de polos idénticos, con la consiguiente separación de caracteres afines a lo que supone tener una vida en pareja, y yo, con mis problemas producía una diferenciación entre los polos que los unían, ayudando a su reconciliación. Grave error el mío, ya que mi lucha, si realmente ayudó a su reunión, cosa que dudo al ver, con el paso de los años, que esencialmente fueron barreras sentimentales que ellos rompieron con el devenir de la vida, lo que los unió de nuevo, acabó de alejarme del núcleo familiar de tal modo, que en mi se creó un sentimiento de culpa que contaminó todas las acciones de mi vida, convirtiéndome en un ser torpe y cansado, ajusticiado por su propia moral, asfixiado por sus pensamientos, y necesitado de unas palabras de consuelo que nunca llegarían, porque, irónicamente, era yo mismo el que no las dejaba llegar.


continuará...



  


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